Clásicos imprescindibles para jugones (I): El Señor de los Anillos

Hay dos clases de personas… Sí, ya sé que existen infinitas maneras de separar a las personas. A mí también me pone enfermo cada vez que el bloguero listillo de turno empieza con estos rollos. ¿Por qué lo hago entonces? Pues porque en un ejercicio de autoburla me ha parecido divertido utilizar este manido recurso todo lo que pueda en un mismo artículo. Así que permitidme, por una vez, la broma.

Y vamos al grano.

Como decía, hay dos clases de personas: las que han leído El Señor de los Anillos, y las que deben leer El Señor de los Anillos. En las siguientes líneas voy a explicar por qué.

El Señor de los Anillos
Zanastardust, CC BY 2.0 <https://creativecommons.org/licenses/by/2.0>, via Wikimedia Commons

El Señor de los Anillos: el libro que cambió mi vida

Tranquilos, no os voy a soltar un rollo acerca de las virtudes, bondades y características del libro. Para eso ya está internet llenísima de información. Tampoco voy a hacer una reseña del mismo, a estas alturas todo el mundo sabe de lo que estoy hablando; si no has leído el libro, casi seguro que has visto las películas.

Pero sí puedo decir sin lugar a dudas que este libro cambió mi vida. Lo leí en mi adolescencia, antes de los 14 años. Recuerdo que no podía parar de leer por las noches, intentando que mis padres no me pillasen y me obligasen a dormir antes de ir a clase. Estaba completamente flipado, una sensación que he tenido en muy pocas ocasiones después de aquella. Fue la maravillosa edición de Minotauro, con dibujos del propio Tolkien, que atesoro como oro en paño (mi tessssooooroooo… lo siento, no podía evitarlo).

Yo ya iba encarrilado, digamos, pues tenía la cabeza llena de dragones, magos y fantasía. En el artículo acerca del Spectrum decía que yo no sería la misma persona si no hubiese sido por la influencia que me produjo la experiencia de contar con el legendario ordenador, pero probablemente pueda decir lo mismo respecto a este libro. En realidad, ambas influencias son la misma en muchos aspectos.

Tal vez sea algo precipitado decir que la cambió teniendo en cuenta que era muy joven, y lo más acertado sea decir que la definió.

Sea como fuere, hay un antes y un después de la lectura de El Señor de los Anillos. Antes ya conocía la fantasía, la aventura, el sacrificio, la redención, la poesía, la muerte, la superación personal, la amistad, el amor, la lucha… pues de todo eso va este libro. Pero después, todos esos conceptos se aunaron en uno solo, adquirieron solidez, consistencia y coherencia en mi mente.

A partir de entonces se hizo patente lo que yo ya sabía: que la fantasía y el mundo de Tolkien formarían parte del resto de mi vida. Entraba a formar parte del selecto club del que ya no habría de salir.

Podría decirse que a finales del siglo XX había dos tipos de personas: los que aún no habían leído El Señor de los Anillos, y los frikis (dicho con todo mi cariño, como podéis suponer). En ese momento yo me convertía oficialmente en un friki; uno de los recuerdos que tengo es el de estar explicándole a un compañero del colegio quién era Légolas y por qué molaba tanto (acababa de leerme el capítulo en que acude al rescate de Aragorn y los hobbits cuando son atacados por los nazgul… y claro, aún no conocía a Gimli ni sabía que los enanos molan mucho más que los elfos).

**EDITO: me informan mis agentes de inteligencia T’au de que me he colado, pues es Glorfindel el que acude al rescate, y no Légolas; queda corregido**

Las influencias fueron muchas, empezando (como no podía ser de otra forma) por los juegos de rol. Si bien mi primera experiencia rolística fue una minipartida de D&D, mi primer juego de rol fue el MERP: Middle Earth Role Playing. Me lo compró mi padre en la Feria del Libro de Madrid, junto con mi primer juego de dados. Buena la hizo, aunque supongo que lo que vino después ya era inevitable (este blog es prueba de ello).

Otra influencia indiscutible fue sobre el resto de mis lecturas. Por ejemplo, consciente de lo que me gustaban los mundos de fantasía, me apresuré a leer las Crónicas de la dragonlance, que me gustaron pero en absoluto estaban a la altura. Y así con muchas otras que vinieron después.

Y una infinidad de otras pequeñas cosas. De hecho, os contaré una anécdota…

En primero de carrera yo cogía el autobús para ir a la facultad, y solía coincidir con una chica de mi clase que me ponía taquicárdico. Cuál no sería mi sorpresa cuando un día vi que leía un libro, ya podéis adivinar cuál era. Y no, aún no se había estrenado la película del 2001, así que aquella chica o era una friki o estaba a punto de serlo. Aquello fue la señal indiscutible de que tenía que hacer algo, de forma que me acerqué a hablar con ella y traté de impresionarla recitando de memoria el poema del comienzo. Ya sabéis: «Tres Anillos para los Reyes Elfos bajo el cielo…».

La chica en cuestión, muy diplomática ella, me siguió el rollo y fue a la primera página para comprobar si realmente me lo sabía. Incluso se hizo la sorprendida al ver que así era. Me gustaría decir que el final de esta pequeña historia tuvo un final feliz (ejem), pero no fue así. Llegamos a clase charlando amigablemente y ahí se quedó mi patético intento de ligoteo. Tengo otra anécdota aún más patética relacionada con la misma chica, pero ésa mejor me la guardo.

Lo que importa, en cualquier caso, es que hasta en los detalles más pequeños de mi vida este libro ha sido y sigue siendo una parte importantísima. No se me ocurre ningún motivo mejor para convencer a alguien que aún no lo haya leído de que lo lea.

Unknown photo studio commissioned by Tolkien’s students 1925/6 (private communication from Catherine McIlwaine, Tolkien Archivist, Bodleian Library), Public domain, via Wikimedia Commons

J.R.R.Tolkien y el resto de su obra

Este señor está en mi panteón personal por motivos evidentes, junto a otros genios como Gary Gygax, sir Clive SinclairAlfonso Azpiri, o Alejandro Dumas, entre otros.

En la Tierra Media está bien reflejada buena parte de su vida. Es por ello que podemos encontrar tan bien plasmados conceptos como la guerra (Tolkien combatió en la Primera Guerra Mundial), el amor (el pasaje del encuentro entre Beren y Lúthien está basado en cierta ocasión en que su mujer Edith bailó para él en una arboleda), la naturaleza y los escenarios impactantes (el viaje de Bilbo por las Montañas nubladas se basa en cierta excursión que realizó en Suiza), los monstruos (Tolkien fue mordido de niño por una tarántula), etc.

El verdadero interés de Tolkien era dotar a Inglaterra de una completa y rica mitología, y por ello bebe de diversas fuentes, en particular nórdicas y cristianas. Su obra, inconclusa por cierto (por mucho que su hijo Christopher se haya empeñado en completarla, con total legitimidad, eso sí), perseguía este objetivo. Aunque hay muchos escritos de Tolkien al respecto, sin lugar a dudas los dos más importantes son El Silmarillion y El hobbit.

No hay que olvidar que El hobbit es un cuento para niños que escribió, precisamente, para entretener a sus hijos. Pero fue el origen de todo. Ya en este libro se dejaban caer conceptos globales al «universo Tolkien», como la historia de Luthien y Beren, y por supuesto la introducción del Anillo Único.

Sin embargo, es en El Silmarillion donde Tolkien intentó plasmar toda esta mitología. Las cosas como son, su lectura es un coñazo, incluso para los más fanáticos. Tan sólo algunas partes se salvan, siendo el resto del libro demasiado denso. No obstante, no podía escribir este artículo sin mencionarlo.

El caso es que el profesor Tolkien creó un mundo nuevo maravilloso, y eso es incuestionable. Por cierto, en su juventud formó parte de una «sociedad semisecreta», un grupo de amigos con los que quedaba a tomar el té, llamada la T.C.B.S. (Tea Club and Barrovian Society, pues quedaban en un lugar llamado Barrow’s Stores en Birmingham), en la que los cuatro se comprometían a dejar el mundo mejor de lo que lo encontraron a través del arte. Me resulta emocionante imaginar a Tolkien con sus amigos, tomando algo y hablando de literatura, poesía, imaginando, creando… poned una pantalla y unos dados en medio, y todo cobrará sentido.

Tolkien está enterrado en la misma tumba que su amada mujer Edith. En la lápida figuran los nombres de Lúthien y Beren. Hermoso final.

La repercusión de El Señor de los Anillos

Hay dos tipos de personas: los que leímos El Señor de los Anillos antes de la película del 2001 (sí, amigos, 2001, 17 añazos han pasado ya, parece mentira) y los que lo han leído o van a leerlo después. Un detalle que lo demuestra: justo antes del estreno, en la comunidad fan se hicieron dos preguntas; quién era el mejor personaje del libro, y quién debía hacerse cargo de la banda sonora. Las respuestas a ambas preguntas fueron (por goleada) Bill el pony y Blind Guardian; se hicieron las mismas preguntas después del estreno de La comunidad del anillo pero antes del estreno de Las dos torres, y las respuestas fueron muy distintas. Ahí dejo eso.

Es innegable que la película del 2001 (y posteriores) han marcado a toda una generación. Recuerdo viajar en el metro de Madrid y ver a muchísima gente absorta en la lectura de los libros «de moda», muchos con una edición que tenía en la portada la foto de los actores. Sí, en aquel momento aún no proliferaban los ebook, los smartphones o las tablets, y había quien leía en el metro libros de papel; hoy ya quedan muy pocos de éstos.

Oye, todo el respeto por mi parte para estos nuevos lectores. Yo mismo tengo una versión del libro en inglés en cuya portada están los nazgul a caballo. Lo que importa es leerlo, está claro. Pero… las cosas como son: si se lee después de ver la película del 2001 ya no es lo mismo.

Y sin embargo, la lectura es obligada; porque hay que saber quién son Tom Bombadil o Baya de Oro, porque el saneamiento de la Comarca y el final de Saruman puede que sean lo mejor del libro, porque las aventuras de los hobbits con los tumularios son escalofriantes, y por una infinidad de detalles que no se ven en la película del 2001.

Sí, he dicho varias veces «la película del 2001», porque hay otra anterior. Concretamente de 1978 (año de buena cosecha, por lo que parece), filmada con la técnica llamada rotoscopio, que consiste en grabar escenas reales sobre fondo neutro para luego calcarlas como animación. El resultado es mucho mejor de lo que podríais imaginar, aunque vaya por delante que no se trata de un peliculón. Llega hasta la batalla del Abismo de Helm, aproximadamente la mitad de libro; claramente la intención era la de rodar la segunda parte, algo que nunca ocurrió.

Os la recomiendo, sobre todo como curiosidad. A modo de homenaje particular, cuando se estrenó la película de 2001 yo fui al cine con una camiseta hecha ad hoc con la portada de la del 78. Mi amigo David se hizo otra con el anillo único, y mi amigo Alberto otra con Gollum. Buen recuerdo de ese día…

En fin, que me voy por las ramas. Lo importante es que, de forma lógica, El Señor de los Anillos ha trascendido. Además de la película hay juegos de mesa (cosas tan tropicales como un Risk adaptado), videojuegos, merchandising, cómics, juegos de cartas, de rol, wargames… Era cuestión de tiempo que se hiciese una serie, y ya es oficial que está en camino, siendo la gran apuesta de Amazon para lanzar su tv a la carta (aunque no se basará en la propia historia del libro, sino que al parecer tendrá líneas narrativas anteriores).

Quiero remarcar especialmente el trabajo de los dos ilustradores «oficiales» del universo Tolkien: Alan Lee y John Howe, cuyos dibujos han aparecido en varias ediciones del libro, en varios juegos, y en las propias películas.

Sin duda todo esto demuestra que Tolkien sí consiguió dejar un mundo mejor del que se había encontrado.

«En un agujero en el suelo vivía un hobbit»

Sencillas palabras que dan comienzo a un mundo complejo, rico y enorme. Las mejores obras comienzan con palabras simples porque no necesitan de artificios lingüísticos.

En fin, ya era hora de que hiciese mi pequeño homenaje en éste, mi espacio digital.

Hay dos clases de personas: las que han leído El hobbit y El Señor de los Anillos y las que están a punto de hacerlo. No lo digo yo, lo dijo The Sunday Times cuando se publicaron los libros.

Por algo será.

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